Antonio Roldán

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Una amistad bien enraizada

Antonio Roldán y Juan López "Juanele"

 

 

No estaban destinados a ser amigos. Uno era el "señorito" del cortijo, y el otro el hijo del casero. En otras circunstancias o con otro tipo de personas sólo habrían intercambiado desencuentros y quejas, pero ellos eran distintos. Fueron compañeros de caza, de afición por el cine, el fútbol y los toros. Compartieron la aventura del aprendizaje y la pasión por el conocimiento. Los dos escribieron (y aún Juan lo hace) de manera continuada a lo largo de los años y supieron compartir esa pasión a pesar de la lejanía en kilómetros que les separó durante años.

Su amistad brotó con raíces más fuertes que las de los olivos que les rodeaban. No fue impedimento la diferencia de edad y de clase social. Eso se borró pronto. Mientras Juan aprendía, estudiaba e iniciaba sus actividades en el mundo del periodismo taurino, Antonio se veía obligado a separarse de su actividad como labrador, a vender el escaso campo que tenía e integrarse en la vida comercial del pueblo como representante. Juan emigró a Cataluña, y Antonio inició un exilio interior voluntario que le llevó a una tierra íntima y mágica.

Los que presenciamos sus encuentros en algunos veranos del final de la vida de Antonio, en el acogedor fresco del patio, nos dábamos cuenta de lo profundo de su amistad, pues pocas palabras les bastaban para entenderse. Aún ahora, a los veinte años de la muerte del poeta, Juan no puede dejar de expresar su cariño y admiración por él, y es impresionante su veneración por la vida y obra de su amigo, aquel que le instruyó con cariño y paciencia junto al poyo fuego del cortijo de La Cañada de los Pinos.

En esta sección se incluirán recortes, poemas inéditos enviados por Juan López o dedicados a él y fragmentos de su correspondencia. Se suprimirán los detalles más personales, propios de una amistad y camaradería en la que los demás no debemos entrar.

 

Edición Diciembre de 2008

 

Contenido
 
Antonio Roldán y las excursiones al cine - Recuerdos de "Juanele"
Carta humorística enviada por Antonio con motivo de la "mili" de Juan
Coplillas satíricas sobre las aficiones taurinas de Juan
No te acerques tanto
Que son las seis menos cuarto
 
(Continuará)
 
 

 

 

Antonio Roldán y las excursiones al cine


Muchas noches de los últimos inviernos que yo permanecí en el Cortijo de la Cañada de los Pinos, nos reunía él a tres o cuatro como yo, de una edad de 15 a 17 años, y nos llevaba al cine a Lucena, que distaba unos ocho o diez kilómetros de la finca, por unos caminos infernales y con un frío glacial, cuando no con lluvia y con un viento que espantaba, lo que no era obstáculo para que fuese algo maravilloso para nosotros, porque maravilloso era oír hablar a Antonio Roldán, al que todos nosotros escuchábamos con la boca abierta. Comentábamos la película, me acuerdo perfectamente de una titulada “El Dr. Satán”, que fue una serie de tres capítulos. Todo lo que él nos contaba era muy sustancioso para nosotros, que lo ignorábamos todo. Aquello nos fue, especialmente a mí que tantas ansias tenía de saber, de un gran provecho. A Antoñuelo igualmente le gustaba mucho, ya que era un chico despierto y despabilado.

La distancia, primero del Cortijo a Lucena y luego de Lucena al Cortijo, se nos hacía cortísima y las inclemencias del invierno y el frío que congelaba los huesos apenas si lo sentíamos. Íbamos despacio y completamente ensimismados en lo que el “Niño Antonio” nos iba explicando. Y si nosotros gozábamos lo indecible con su amena y documentadísima “cátedra”, él también disfrutaba mucho con nuestra sincera y noble atención y amistad.

Estas excursiones nocturnas desde la finca a Lucena las repetíamos más de una vez por semana, a pesar de que volvíamos a las dos o las tres de la madrugada, y al día siguiente, a muy temprana hora, teníamos que formar debajo de los olivos. Los asiduos, con él, de estas escapadas nocturnas al cine, éramos Antoñuelo y yo, como los que más nos interesábamos por saber cosas, de las que él era todo un catedrático a nuestro lado, que lo ignorábamos todo por completo, por las circunstancias del lugar y la época que nos estaba tocando vivir. Por eso cuando yo comencé a instruirme un tanto, él lo celebró mucho, y me consideraba con esa gran deferencia que siempre sintió hacia mí, y yo hacia su persona y que es lo que me ha llevado a que escriba esto que está en vuestras manos.

Juan López “Juanele”

 

 

 


Lucena 15 de septiembre 1950.

Mi buen amigo Juanele:
En mi poder fue tu carta
escrita en letra de molde
y a pesar de no ser larga,
me figuro tus fatigas
para escribirla tan clara.

Aquí todos siguen buenos
con mucha salud y gana
de comerse sus raciones
de garbanzos y espinacas.

Me alegro que sigas bueno
y aunque tus sustos pasaras
con aquello del corneta
que tanto te despistara,
me alegra saber que al fin
solo en el susto quedara.

No te mando como quieres
de la feria algún programa,
porque en este Ayuntamiento
está la cosa tan mala,
que si junta una peseta
es para gastarla en agua
y no gastarla en papeles
que al fin no sirven de nada.

Y ahora que del agua hablo
te diré lo que aquí pasa,
aunque lo que está ocurriendo
no se dice en dos palabras.

Pues sabrás, amigo Juan.
que la cosa tan mal anda
que si quiere uno lavarse,
como todas las mañanas
ya tenemos por costumbre,
tienes que pagar el agua
mucho más cara que el Vino
de Jerez ó de la Palma.

Así es que los vecinos.
antes de pagarla cara,
van luciendo tan gustosos
por la calle sus lagañas
y se Ven las chavalonas,
de las que medias no gastan
que no sabes si sus piernas
son de chocolate en pasta
o si serán dos morcillas
hechas con sangre de vaca.

El agua que no tenemos
más remedio que tragarla,
Antes que llegue al gaznate
es muy preciso colarla.
pues si no te sirve el buche
igual que a Noé su arca,
que encerró, según nos cuentan,
bichos de todas las castas.

De la Feria te diré
que estuvo desanimada
en los dos primeros días
pero al tercero ya cambia,
pues llegó forasterío,
quizás por la novillada,
y ya se animó la cosa
como dicen que Dios manda.

Han actuado dos circos
y varias norias muy altas.
También llegó un carrousel,
varios columpios de barcas,
unos cuantos caballitos,
cuarenta puestos de horchata,
rifas donde te despluman,
tabernas donde te sangran,
tenderetes de serrín.
vendedores de navajas
y dos casetas de baile,
donde se bailó la raspa
y se incendiaron los cuerpos
ante la escasez del agua.

Y yo me creo, Juanele,
que con lo dicho ya basta
y que estarás enterado
sin que te mande programa.
Los novillos regular
según la gente nos habla.
Solamente fue un tal "Saco "
de Córdoba la Sultana,
el que tuvo mas vergüenza
y fue el que dio más la cara
"El Chivo" que aquí en Lucena,
dicen que guarda las cabras,
como buen lucentinito.
toreó la becerrada.
Y dicen que fue un valiente
y que luego con la espada
al toro que le tocó
le arrimó tal estocada,
que se murió sin puntilla
y sin mover rabo y pata.

Aquí pongo ya el final
porque en verso escribir cartas
fatiga mucho el cerebro
y el cerebro me hace falta
para cosas importantes
como es buscar las leandras.

Recuerdos de mi familia,
de Perico y de la Encarna,
de Antoñuelo y su bandurria
y de tu madre y tu hermana.
y un buen apretón de manos,
si es que tú las tienes blancas,
te manda tu buen amigo
que aquí termina su carta.


 
Carta humorística enviada a su buen amigo Juan López "Juanele", que en esas fechas se había incorporado al servicio militar. Es un excelente testimonio de la escasez de agua antes de la traída desde el Nacimiento de Zambra, y del ambiente de la Feria del Valle en aquellos años. Las personas citadas en los últimos versos son reales, amistades de ambos en el cortijo de La Cañada de los Pinos.

 

 

 

Coplillas satíricas sobre las aficiones taurinas de Juanele


Este es uno de los pocos documentos encontrados en el que se incluyen versos y dibujos de Antonio Roldán de forma simultánea. Son coplillas de "guasa" dedicadas a "Juanele" cuando éste comenzó a pensar en incorporarse al mundo taurino. Por su carácter festivo, no se debe juzgar su aspecto poético, sino verlas como expresión de una amistad.

 

 

No te acerques tanto

No te acerques tanto, muerte,
que a tu lado siento frío.
No pongas sobre mi pecho
esa losa de martirio
que me aprisiona y me asfixia
y ya no puedo sufrirlo.
Deja que mi corazón
siga marcando su ritmo.
Deja que mi sangre corra
por su oscuro laberinto.
No aprietes sobre mi frente
la rama del seco espino
ni me empujes por la senda
que va derecha al abismo.
No te acerques tanto, muerte,
anda, sigue tu camino.
 

Este poema se publicó en "Los Amigos". Se ignora la fecha.

 



Que son las seis menos cuarto

Ponte ya el vestido, niña,
que son las seis menos cuarto.
Ponte aquel de rosas blancas,
que aunque está un poquito largo,
estás con él más bonita
que una varita de nardo,
Vamos a ir a la feria
porque yo ya estoy muy jarto
de estar aquí todo el día
entre gallinas y patos.
Nos iremos en la burra
pa que salga más barato,
y pa que no desentones,
con la juventud de hogaño,
te compraré una cachimba
y un cuarterón de tabaco,
pa que jumes y presumas
y que rabien más de cuatro.
Porque vayas bien servía
ya que Dios quiso a ti dártelo
por eso no te preocupes
ni pases tú un mal rato,
que los hombres, ahora y siempre,
los huesos se los dio al gato,
porque ver esas niñas,
que por presumir de galgo,
como las gallinas viejas
no hacen na más que caldo
y pa verlas de perfil
tienes que pasarte un rato,
afinar mucho la vista
y si por fin viste algo
es que Dios, compadecío,
quiso jacerte un milagro.
Iremos a ver los toros
y por la noche al teatro.
Si tú quieres caballitos,
a los caballitos vamos.
Si quieres beber, bebemos,
si quieres bailar, bailamos
y no te dé temblaera
si no sabes dar un paso,
porque ahorita el baile es
como el que trilla garbanzos.
Así que ponte el vestío
que ya mismito nos vamos
y mira, no te entretengas
que son las seis menos cuarto.

 
Este poema se publicó en "Los Amigos". Se ignora la fecha.