|
Después de describir la Casa del Señor
tal como se veía desde la calle de Las Descalzas, en esta entrega José Manuel
nos describe su interior, así como el modo de vida de su familia, percibida por
sus ojos infantiles. Todo está contado con gran viveza, como algo que ha quedado
depositado en su recuerdo de forma definitiva.
Era una vieja casona, muy grande, que a los ojos de un niño se agrandaba aún
más, situada en el centro del pueblo, enfrente del convento de las Descalzas,
junto a la plaza Nueva y a la parroquia de San Mateo, y donde nacieron mis tres
hermanos menores: Guillermo, Rosario y Luis Fernando. Ignoro cual podría ser su
antigüedad, pero por su estructura y configuración, bien pudo ser un palacete
medieval que, a través del tiempo, fue sufriendo las necesarias reformas. Las
inexplicables diferencias de nivel en una misma planta, el grosor de sus muros
macizos que en algunos lugares se aproximaban al metro de ancho, y la pésima
calidad de sus materiales a base de maderas rústicas, cañas y yeso, denotaban
una construcción humilde, pero con detalles de gran riqueza en las zonas nobles,
como podía ser la forja acristalada de la puerta de entrada, la amplia escalera
principal de azulejos de colores y peldaños de madera, la propia barandilla de
la escalera, el mármol rojo del zaguán o las baldosas blancas y azules de la
galería de entrada.
El edificio constaba de tres plantas, perfectamente estructuradas las dos
primeras, con todos los servicios para acoger a una familia diferente en cada
una de ellas, y una tercera planta abandonada a la que se accedía por una
estrecha escalera, y que estaba toda abuhardillada y diáfana, y donde campaban a
placer los numerosos gatos que permanentemente había en aquella casa.
Aunque nosotros hacíamos toda la vida en la planta principal, el soleado patio
(que mi madre siempre tenía lleno de macetas y arriates, y que presidía un
enorme naranjo de gran altura como jamás he vuelto a ver, y que llegaba hasta el
tejado de la casa) era nuestro lugar ideal de juegos, que cambiábamos por las
enormes galerías que tenía el edificio, cuando el tiempo no acompañaba. En
aquella amplia galería de la planta baja, construimos columpios, jugamos al
fútbol, aprendimos a patinar, y hasta hicimos representaciones de teatro.
Esta galería de la planta baja era toda interior, pues la parte que daba a la
calle había sido transformada en un local comercial, donde estaba instalada la
zapatería de Francisco Ruiz, conocido como “El tío del Saco”, por lo que a sus
hijos se les conocía como “Los Saquitos”, y con los que llegamos a tener una
gran amistad, especialmente con los dos mayores: Mari y Rafalillo. El mote les
provenía porque antiguamente viajaban hasta Elche para traer los zapatos, y su
padre lo hacía cargando con un gran saco. La zapatería comunicaba con su casa
que se encontraba junto a la nuestra y, por la parte baja de la calle lindábamos
con una carpintería de la que también nos hicimos amigos de sus moradores,
aunque la niña más próxima a nuestra edad, Eugenia, murió prematuramente.
Con los vecinos de la casa de la carpintería, podíamos comunicarnos verbalmente
a través de alguna pared. Era curioso como en la galería de la primera planta,
en un rincón de la misma, podíamos mantener conversaciones sin levantar la voz,
a través de la unión de ambas paredes. Solo bastaba con golpear la pared a uno u
otro lado y, como si de un teléfono se tratase, nos acercábamos para saber por
quién preguntaban.
El resto de la planta baja estaba deshabitada. Toda el ala derecha, que mi padre
utilizaba como almacén del Hogar Juvenil, ya que este tuvo que desmontarse para
dar cobijo provisional al Ayuntamiento de la ciudad, fue cedida para oficinas y
almacén de Cáritas, que abrió una puerta de acceso desde el amplio zaguán de
entrada. El patio, ya descrito y del que se conservan algunas fotografías, era
el centro del edificio, que al mismo tiempo separaba la parte trasera de este, y
que debió ser una animada zona de vivencias, pues allí se encontraban las
antiguas cocinas de hierro con sus fogones y chimenea, así como un pozo de agua
potable que debió surtir a la casa (aunque cuando llegamos ya había agua
corriente), sirviendo todas estas piezas como separación de los corrales o un
segundo patio alargado que se encontraba en las traseras del edificio, que
probablemente debió tener otra salida a las calles de atrás, y que seguramente,
pudo servir para acoger animales domésticos.
El acceso a la primera planta se hacía desde la puerta de entrada, tras recorrer
una clara, amplia y ancha galería que terminaba en unas grandes y bonitas
escaleras, ya descritas, pero que con la oscuridad de la noche, todo este largo
recorrido se transformaba en “la galería del terror”, sintiendo auténtico pánico
cada vez que teníamos que bajar a abrir la puerta, ya que por entonces no
existía, ni en la imaginación humana, el “portero automático”. (Probablemente
debimos poseer el record mundial infantil de velocidad de bajada y subida de
escaleras).
Cuando llegamos a la “Casa del Señor” yo contaba tan solo tres años de edad, y
nos marchamos cuando cumplí los once. Allí pasamos ocho años muy felices, desde
1.952 a 1.960 y donde, como ya dije, se completó la familia Fernández Barainca
con el nacimiento de mis tres hermanos menores.
|