Antonio Roldán poeta lucentino

La Lucena que vivió el poeta

 

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La Lucena que vivió el poeta

Esta sección contiene recuerdos de la Lucena que vivió el poeta Antonio Roldán Manjón-Cabeza. Aunque el autor principal será su hijo Antonio, podrán participar en ella otras personas.

Por concretar una época, se recordará cómo era el pueblo en los años cincuenta y sesenta. Podríamos fijar el año de la Coronación de la Virgen de Araceli como inicio de estas evocaciones, a fin de evitar los años anteriores, tan tristes a causa de la guerra civil y de la escasez vivida en los años cuarenta. Ese año de 1948 trajo una nueva etapa a nuestra ciudad, en la que se produjeron los acontecimientos de la traída de aguas y la supresión de las cartillas de racionamiento, junto con los tímidos primeros pasos de nuevas iniciativas económicas. No obstante, podrían incluirse recuerdos anteriores si su interés lo demandara.

Igualmente, se puede fijar como el otro extremo del periodo evocado el del cambio de situación económica de Lucena, en los años setenta, que coincidió, en la vida del poeta, con el traslado de sus hijos a Madrid y la disminución de su actividad poética, al menos la de carácter público. Es muy distinta la ciudad de hoy, próspera y emprendedora, de aquella otra, un poco dormida, tranquila, feliz a su modo, a la que era muy difícil proponer cambios o despertar inquietudes.

 

Índice de recuerdos

Las maniobras

Los caminos al campo

Carteleras y prospectos

Sangre a mares - Autor Luisfernando Palma Robles Fragmento de la obra “Cabañuelas de Pasión”

La mirilla

La parva

Recuerdos en el aire - Autora Leli Calzado Manjón-Cabeza

Guadalcanal

El Valle

Antonio Roldán y las excursiones al cine - Autor Juan López "Juanele"

La vida en un cortijo

Los barreros

Oda al olivo- Autora Leli Calzado Manjón-Cabeza

Los Maristas

El puente de Córdoba

Los Frailes

La Casa del Señor (1) Autor José Manuel Fernández Barainca

La Casa del Señor (2) Autor José Manuel Fernández Barainca

La Casa del Señor (3)

 

 

 

 

 

 

 

Las maniobras

 

 

Clanc...clanc...sonaban rítmicos y metálicos, como los golpes del herrador. Se oían desde antes de las Fontanillas, si se entraba en la estación por la puerta de atrás - la más interesante, por cierto -. Clanc...clanc...La locomotora iba y venía y el chorro de humo se dirigía al Este y al Oeste como un péndulo moldeable. Los vagones chocaban entre sí con suavidad, sin hacerse daño, y el primer golpe se iba transmitiendo de uno en otro como en una traca. 

Era cosa muy técnica el lograr que el vagón cogiera la velocidad adecuada.  Lo desenganchaban, la locomotora empujaba ligeramente, y luego cambiaba el sentido de la marcha. Así el vagón iba por su propia inercia, frenándose lo justo, en silencio, hacia la fila que ya estaba formada. Lo veíamos con cierta emoción, sabiendo que detrás de esa suavidad vendría el choque con el primer vagón del convoy. Era como esperar los estallidos de los cohetes. 

Podían estar mucho rato enganchando y desenganchando vagones. Cuando el tren de mercancías ya estaba formado lo llevaban a la vía segunda para esperar la orden de salida. En algunos días se podía ver la grúa en funcionamiento o el girador de vagones, del que tiraban muchos hombres a la vez y chirriaba todo por el óxido y la falta de uso. 

Creo que con las maniobras me entró la afición por la mecánica y cuando la estudié en Física pude formarme mis propios modelos de rozamientos, movimiento libre y pares de fuerzas. Cuando hicimos la foto que inspiró el dibujo ya estaba todo en desuso y sólo quedaban vagones solitarios esperando el desguace. En ese momento imaginé que se movía y que otros aguardaban para recibir el golpe y transmitirlo: Clanc...clanc...clanc....hasta un silencio definitivo.

 

Comentario de Antonio Javier

Mis primeros recuerdos de una estación de ferrocarril se remontan a un viaje a El Escorial en un tren que partía de la estación de Nuevos Ministerios (Madrid), un oscuro andén subterráneo similar al del metro que me alejaba de la visión aventurera de las estaciones de tren en las películas. Cuando un verano conocí la estación de Lucena, aquellos vagones solitarios y otros enseres antiguos me dejaron ver algunos destellos de lo que fueron en su momento. Recuerdo que pensé que algo así serían las estaciones del Oeste Americano. También percibí una extraña sensación de abandono, como la de esos apeaderos por los que los trenes pasan de largo sin pararse y que apenas te dejan adivinar la entrada a la cantina.

 

 

 

Los caminos al campo

 

 

Antonio se conocía todos los caminos. Entonces el campo se encontraba al final de tu calle. No existían los polígonos industriales ni las autovías envolventes. Dabas unos pasos, y por la Calzada, por las rondas o camino de la Estación te encontrabas con el campo. Podías comer espigas si subías al Valle, y coger garbanzos verdes junto al Cascajar. El poeta se sabía todos los caminos del campo, y nos llevaba de la mano. 

Cada día se planteaba un camino distinto, o nos consultaba: “Hoy, ¿por dónde vamos?” Y cada camino era una aventura: “En este cortijo dicen que hay fantasmas”, “Por aquí llegaríamos al Pilar de la Dehesa”, “Hoy llevamos merienda, porque vamos al Puente de Hierro”, “Ha aterrizado un avión en Las Palomas. Vamos a verlo”. Sabía adornar cada paseo con observaciones interesantes, y como había tantos caminos, cada paseo parecía nuevo. 

Sería difícil enumerarlos todos: El de los Barreros, el de la huerta Zamora, la vía del tren, la Torca, el de las Fontanillas y después a la Serrezuela, el camino del Picaor, el que sale del Puente de Córdoba y atraviesa la vía, la subida al cerro Hacho…Recuerdo que por donde ahora está situada la calle Antonio Roldán existía una senda que unía el Paseo de Rojas con el Puente de Córdoba. Cuando la inauguraron, recordé los paseos por ese camino. 

Los había que eran pequeñas sendas, en las que había que apartarse para dar paso a las bestias, compartir el saludo de “Dios guarde a ustedes” pronunciado como “diosguardastés”, y esperar el paso cansino de los mulos. Incluso algunos no eran verdaderos caminos, pues estaban formados por lindes y vallados, siguiendo huellas de fina tierra que delataban pasos antiguos. Recuerdo haber ido mucho desde los Barreros hasta la carretera de Rute por este tipo de rutas. Eran las preferidas del poeta, porque en ellas estaba siempre rodeado por su campo.

 También los había carreteros, o pistas de tierra. En ellos se caminaba mejor, e incluso, además de carros, te podías encontrar con algún coche que pasaba lento y cuidadoso. Y con las motos. Había motos por todos los caminos, y aparcadas bajo los olivos. Pasaban junto a nosotros con un traqueteo inquietante, llenas de barro, conducidas bravamente por esforzados trabajadores del campo. En el de la Serrezuela aprendí a conducir una Vespa, con la consiguiente costalada del novato. 

Junto a Lucena escaseaban las veredas de ganado, pero sí las había en su término municipal. Yo recuerdo la que iba a Monturque, y quizás quien lea estos comentarios recuerde alguna otra y nos lo podría contar. Estos caminos eran anchos, y estaban rodeados de juncos. No pasaban ya ovejas por ellos, y daban un poco de tristeza, pero su aspecto era señorial, de pasado glorioso. 

Y por último, las carreteras. En ellas aprendí a circular como peatón, y a saber convivir con los camiones y las recuas, a contar los números de los postes telegráficos y soñar con viajes improbables. Para los niños la más interesante era la de Córdoba y su ramal a la Estación. Tenía un viaducto, que era una maravillosa obra pública. Daba mucha impresión recibir desde él el humo del correo de las cinco cuando pasaba debajo, y era término frecuente de paseos domingueros, en los que se oían los partidos de fútbol en los primeros transistores. 

Las carreteras eran siempre el paso previo a lo más interesante, cuando se abandonaban y nos adentrábamos en los olivares. No sé si los niños de ahora disfrutarán tirando aceitunas con una vareta, o descubriendo el primer nazareno de la primavera entre terrones. Tienen otros entretenimientos. Pero para nosotros todo era nuevo y sorprendente. 

Antonio se conocía todos los caminos. Su figura sería reconocida en muchos de ellos, por su estatura infrecuente en nuestra tierra, y por la pasión por el campo que transmitía a quienes encontraba. Sé que ahora escasean las personas dedicadas exclusivamente al campo, las que atesoran conocimientos antiguos. ¿Estaremos perdiendo algo valioso? Esperemos que no se nos haya escapado la sabiduría por los caminos que dejaron de existir. 

 

Comentario de Antonio Javier

Cuando él nos mostraba el campo, siendo yo niño, ya no bastaba con cruzar la calle. Lucena se había convertido en una ciudad. Sin embargo, sentado en el coche, todavía era capaz de recordar antiguos caminos y de encontrar rincones, a los que el cemento había respetado, para mostrarnos todo aquello que en la ciudad permanecía oculto. Algunos signos de la industria creciente, como una cochera de autobuses o una cooperativa de aceite, también se transformaban en pequeñas aulas donde descubrir caminos nuevos.

 

 

El convento de Las Descalzas


Era el pariente pobre, al norte de San Mateo y por tanto siempre a su sombra. En las fotos salía la Parroquia grande y esplendorosa, y a su lado, como insinuada, la portada, el patio o la puerta de las Descalzas. Sólo se iba allí el día de Jueves Santo, porque su monumento era de los mejores y se podía enlazar bien con los Frailes y la Parroquia en el recorrido tradicional, pero siempre de paso. Había gente que casi nunca había entrado: allí no había bodas ni entierros, si acaso se entraba el día de Difuntos si su iglesia vecina estaba atiborrada. Era una iglesia algo triste.

Su cura tampoco era muy alegre. La gente decía que don Ramón estaba enfermo, o que no se acostumbraba a la vida del pueblo después de salirse del convento, aunque algunos afirmaban que era simpático si se le trataba. No era muy agraciado, y los jóvenes lo nombraban como "el cura feo". Sólo una vez le vi entusiasmado, y fue en una misa en la que explicó las maravillas de la creación y entre ellas refirió el milagro de que las ondas llegaran al transistor aun si se oía en la cama, y tuvieran que atravesar paredes, mantas y sábanas. Así averiguamos que aquel hombre también disfrutaba de ratos de felicidad cuando se dormía con música, alabando a Dios, y nos alegramos por él.

Las monjas estaban ocultas siempre, pero sus voces, algunos días algo cansadas, apoyaban con sus latines la liturgia. Cuando llegó el Concilio tardaron un poco en cantar en castellano, hasta que un día de Navidad nos asombraron con villancicos y panderetas. Parecían otras. Pero duró poco, porque después, en Cuaresma, volvió ese tono triste del rezo obligatorio, y cuando salíamos a la mañana de azahar de la Plaza Nueva, el puro contraste nos hacía sentirnos aún más jóvenes, cosa fácil en aquellos años.

Un verano, al volver a Lucena, me encontré el convento convertido en pisos y comercios, integrado en el ambiente urbano del pueblo, sus piedras trasladadas y las monjas acomodadas en otra ubicación. Añoré aquel patio empedrado, sus altares barrocos y aquellas celosías por las que se adivinaban unas figuras devotas, que sólo una vez me demostraron su alegría. También me acordé de don Ramón, y de aquella Nochevieja, la única que he pasado en una iglesia, cuando nos ayudó a recibir el Año Nuevo en los Frailes de una manera distinta.

No sé si es verdad que la memoria es estructura y que no está en ninguna porción de los cerebros, y sí en todas juntas. Tampoco sé si la memoria de los otros es la única forma de supervivencia en este mundo. Si es así, temo que las piedras de las Descalzas, aunque tuvieran espíritu, forzadas a separarse, -eso si, clasificadas y numeradas, debidamente catalogadas y amontonadas-, hayan perdido la memoria y con ella la posibilidad de ser el único testigo de ese rincón oscuro de nuestro pueblo, de los rezos mortecinos y esforzados de sus monjas, y del cura aquel que parecía tan triste, que era un poco feo, y que alababa a Dios por el milagro de poder oír la música que atravesaba las mantas.

 

Comentario de Antonio Javier

Sería muy interesante poder leer este artículo sentado en uno de los bancos del convento para evocar la época en la que el Concilio intentaba regalar algo de luz, pero lamentablemente ya no existe. Escuchando a mis mayores da la impresión de que han sido muchos los edificios históricos y entornos de Lucena que se han perdido. Ojalá este blog ayude a mantenerlos un poco más vivos.

 

Comentario del autor

Sí. Nuestro pueblo ha crecido mucho económicamente, pero se han perdido bienes culturales de gran valor, y no sólo en los dos últimos siglos. Pienso, por ejemplo, en toda la cultura judía que tuvo.

 

Comentario de Araceli

Recuerdo, como parte de identidad de "Las Delcalzas" que, repetidas "manos" de cal de muchos años habían creado un volumen peculiar en su enlucido. En ocasiones agredido por algún niño que se sentía provocado por tanta blancura casi hueca.

También creo recordar, entrando en la Iglesia a la derecha, en una peana, un "Niño Jesús de Praga" con túnica bordada y un cestito plateado en una mano, en el que algunas personas mayores, con gran devoción, echaban monedas. A mi, no sé por qué, me inquietaba algo y no me sentía cómoda. No sé que percibiría mi mente de niña.

También las monjas allí encerradas, entre nubes de oscuridad, a las que oía pero nunca veía, me sobrecogían y me hacían retroceder con cierto temor.

 

Comentario del autor

Gracias por tu comentario. No recordaba yo la presencia del "Niño Jesús de Praga", y al leer tu texto me ha venido a la memoria, y la presencia de mujeres, generalmente mayores, de mantón y moño, rezándole en la penumbra.

También me has ayudado a recordar las "barriguitas" de cal que se formaban en el muro lateral, y que siempre estaban algo desconchadas.

 

Comentario de Antonio Javier

Este verano he visto en Praga el Niño Jesús original. También me sentí incomodo y estuve poco tiempo en la Iglesia. El original esté hecho de cera y rodeado de riqueza.

 

 

 

 

Carteleras y prospectos

Los prospectos (programas de cine) los solía repartir “Azules” en la Plaza Nueva los domingos a la salida de misa de doce. Le daba preferencia a las personas mayores, lo que nos obligaba a los niños a pelearnos de mala manera para conseguir uno. Después hubo más repartidores, y más cines, lo que causaba una dispersión en los solicitantes que nos multiplicaba las posibilidades. Los padres nos cogían aquellos a los que nuestra pequeñez no llegaba. Pero había algunos que nunca conseguíamos. Recuerdo uno de Lola Flores que lo buscamos hasta en la imprenta, y allí, por amistad con mi padre, siempre dispuesto a complacernos, conseguimos algunos ejemplares.

Podías averiguar su procedencia por un sello que solían tener en el dorso, en el que se anunciaba el cine y a veces la fecha de estreno, especialmente los más antiguos. Nos impresionaba leer fechas de 1929 o 1931, y es que la guerra era para nosotros una referencia temporal muy fuerte.

Se solían coleccionar. Yo miraba con envidia los de mi prima, que se remontaban a los tiempos entonces oscuros de la República, pero salvo algún caso aislado, todos teníamos los mismos, y era difícil el cambiarlos por otros. Algunos eran desplegables, o con silueta recortada, e incluso recuerdo el de “Sucedió mañana”, que venía con un periódico en miniatura. Eran pequeños tesoros, que no respetábamos, porque les pintábamos bigotes y barbas a los “artistas” (lo de actores y protagonistas vino después).

Las carteleras principales estaban en las Cuatro Esquinas. Cuando salíamos de los Maristas calle Las Torres arriba, nuestra primera parada era ver las carteleras. Entonces había cuatro cines de invierno, y casi podías asistir a un estreno diario, y ver una película todos los días. La inauguración del Palacio Erisana, aunque sus precios eran más altos, abrió nuevas posibilidades, y disponía de su cartelera propia, polo de atracción irresistible para nosotros. “Echan una de Gregory Peck, y en el Principal otra de Tyrone Power…” Y lo pronunciábamos así: “tirone pover”, porque los conocimientos de Inglés en nuestra niñez eran nulos. Éramos de Francés.

En la calle Jardín también las ponían. Al principio sólo estaban las del Lucena Cinema (el "cine de palacio"), pero luego de todos los cines. Allí nos parábamos siempre, y ajustábamos el dinero que quedaba de la semana para saber cuántas películas podíamos ver. Más arriba, en la esquina, estaba la entrada del cine de palacio. En aquel patio, en verano, entre árboles, escupiendo las cáscaras de pipas, aprendimos que existía Guadalcanal, sufrimos con Sansón derribando el templo y lloramos con el Derecho de Nacer y Tres Amores. Pero no pudimos ver a Pier Angeli: era para mayores.

 

Comentario de Araceli

Al leer tus comentarios sobre los cines, me ha venido a la memoria el pequeño recinto que precedía la entrada al Salón Alhambra,("Salonalambra" para nosotros), y en el que ponían, en una pizarra grande, a modo de cartelera, las películas de la semana y su precio. ¡Cuantas veces me volví triste después de leer: "Butacas 3 pesetas".Ni pensar ir a "plateas" o al "gallinero"; no era para señoritas.
 

 

Comentario de Antonio Javier

¡Me encanta recordar esas carteleras! Yo por mi edad ya solo pude ver una o dos solitarias en el Coso, pero conservo programas de cine de Lucena.
He seleccionado dos muy concretos por su relevancia en el tiempo para comparar épocas. Uno es "Señora casada necesita marido". Data de finales de la república, en abril del 36, y está fabricado en cartón fino. El otro es "Raza", hecho en papel. Adjunto el texto que los acompaña como curiosidad:

SEÑORA CASADA...
Teatro Alhambra. Ideal Cinema. Empresa Guerrero. Teléfono 135.
Sábado 4 de abril de 1936. A las 7 de la tarde y a las 10 y 15 de la noche. Estreno en Lucena de la más sublime producción en español, titulada...
Tipografía Helios-Lucena.

RAZA
Teatro Principal.
Hoy viernes 30 de abril de 1943. Una fecha gloriosa para este teatro.
A las 8,45 y 11,15.
Estreno de la super-joya cinematográfica ESPAÑOLA obra cumbre de nuestro cinema. RAZA. Por Alfredo Mayo...
No ha registrado el cine Español un éxito tan rotundo, grandioso y espectacular como el alcanzado hasta hoy por RAZA...
PRECIOS: Butaca y silla de platea 3,50 - D. anfiteatro 2,35 - Anfiteatro 2,00 - D. Paraíso 1,20 - General 1,00

Muy pronto: LOS CLAVELES, ORO VIL y EL SECRETO DE LA MUJER MUERTA ambas en español.

López Ortiz - Lucena

 

Comentario del autor

Gracias, Antonio Javier, por tu comentario lleno de datos jugosos. En las dos imprentas que figuran en los programas que tienes había grandes amigos del poeta, y en la de López Ortiz me consiguieron el programa de Lola Flores que nombro en mi recuerdo. López Ortiz fue compañero de mis padres en "Los amigos del Arte".

 

 

 

 

Sangre a mares

Fragmento de la obra “Cabañuelas de Pasión”

Reproducido con permiso expreso de su autor Luisfernando Palma Robles.
La imagen procede de una fotografía de Julia Hueso Egea.

 



(…) El Cristo de la Sangre se me hacía gigante, en una cruz que hundía su extremo inferior en las profundidades del centro de la tierra verniano mientras que el superior sería acariciado por el Dios Padre de luengas barbas albas. Este Cristo imponente se me presentaba cual misionero que atravesaba las inmensidades de mares y océanos clavado en su cruz. Más que susto, provocaba en mí un respeto siseñoreado, quizá por eso me sonaba más adecuado llamarle Señor de la Sangre.

Alguna noche adelantadamente cerrada de invierno, después de haber memorizado los hijos de Jacob o algo por el estilo y con la repetición en mis adentros de lo aprendido, me alejaba por la diagonal de la Plaza Nueva, calle de Las Torres abajo, ventana baja del colegio con don Manuel Moreno -el profesor seglar que años después me abriría el maravilloso armario de la Literatura- enfrascado en la lectura de un grueso volumen tal vez escrito en inglés, hasta la iglesia que fue conventual de frailes mínimos. Allí, en la puerta cerrada de la Piedad, como en un reto, me asomaba para ver al Señor de la Sangre por la mirilla. Ésta era un colador que sólo dejaba pasar la esencia del misterio, reteniendo las impurezas de tantos tedios con los que convivía. Me sentía bastante Marcelino Pan y Vino; pero no en un convento de frailes, sino que sentía estar a la orilla de un inmenso mar, en el que a los lejos flotaba de pie el Crucificado, entreverado de muerte y vida. Infinitud de sangre y agua, como en los textos de la misa de aquellos primeros de julio.

Con posterioridad, el Señor de la Sangre en el mar me lo traería de nuevo el poeta José Bergamín en sus versos: "(... ) Tú en cruz anclado,
/ dando a la mar el último suspiro. / (. . .) O el mar o tú me engañan, al mirarte / entre dos soledades, a la espera / de un mar de sed, que es sed de mar perdido".

La contemplación de este Crucificado necesita de la celebración cantada de las tres horas agónicas de la cruz, celebración que fue impulsada por el jesuita Alonso Messía en Perú en la segunda mitad del siglo XVII. Una versión genial de estas tres horas se debe al compositor napolitano Giuseppe Giordani, conocido como Giordaniello, y parece datar de 1793. Hace unos años descubrí esta maravilla musical, cuyo largo final adquiere para mí la categoría de lo sublime.

Cuando el jueves santo pasaba ante el balcón el Señor de la Sangre con su compañía de Virgen y Magdalena e inmediatamente la Piedra angustiada que cerraba el cortejo, tenía que irme rápidamente a dormir, como si fuera la noche de los Magos. Pronto sería la hora en que recibiría el regalo, también de magos, de revestirme de hermano de Jesús.

Pero mi retina había quedado tan impresionada por la tarde y por la noche con la riqueza policromática y de sentimientos que iban desde la Santa Fe hasta la Virgen de Piedra, que no resultaba fácil rendirse en sueños dormidos.

Pensaba que el Señor de la Sangre se perdería por la ciudad y de nuevo volvería desorientado a la Plaza Nueva. Yo estaría atento para descubrir nuevos detalles de aquel Calvario. (…)
 

Comentario de Antonio Roldán Martínez

Gracias, Luisfernando, por tu aportación a este blog y el permiso de Julia para reproducir la imagen del Señor de la Sangre.

Hay una frase en tu texto "...colador que sólo dejaba pasar la esencia del misterio..." que me ha traído recuerdos muy antiguos, en mi caso de la mirilla de la Capilla de Jesús.

Creo que tu bella evocación merece que te dedique una nueva entrada de este humilde blog en fechas próximas.

Gracias.

 

Comentario de Antonio Javier

Recuerdo que la primera vez que vi a mi abuelo acompañando al Cristo de la Sangre yo me encontraba muy próximo a la Cuesta del Reloj. Había visto la túnica y el "capirucho" en su casa preparados la víspera del Jueves Santo. Aunque él no me saludó, supe por mi madre cuál de las decenas de hermanos era él. Sentir que mi abuelo formaba parte de esa celebración del amor en la primavera fue para mí un motivo de admiración.

Años más tarde, cuando él se vino a vivir a madrid, el Jueves Santo se sentaba silencioso en su despacho con la imagen del Cristo en la pared o en su rincón del sofá del salón con la mirada ausente y pendiente de las procesiones de la televisión. Fue precisamente ese medio el que le hizo un regalo que nunca olvidaría, la transmisión de la Semana Santa de Lucena a toda Europa.

Cuando me hice mayor de edad mis recuerdos de las procesiones se difuminaron entre mis nuevos intereses. Sin embargo, una tarde de Jueves Santo me topé en Madrid con unas procesiones andaluzas que me hicieron viajar en la memoria. Desde entonces, mi compañera, que fue testigo hace 20 años de aquel reencuentro, reserva con cariño el Jueves Santo para que, vía Internet, disfrute de la Semana Santa Lucentina.

Hace pocos años pude visitar el templo de Santo Domingo una hora antes de la salida del Cristo. Un familiar me presentó como nieto de Antonio Calzado López y se me abrieron todas las puertas.

Aquel día volví a ser el niño que admiraba a su abuelo una tarde de abril.

Gracias por tu aportación, Luís Fernando.

 

Comentario de Leli

Mi padre fue tesorero del Cristo de la Sangre durante muchos años. Su amor y entrega a Él fueron esenciales en su vida, y le acompañaron siempre, siendo su fuerza en todo momento. No se acostaba nunca sin tener un rato de oración ante Él. Cuando vino a vivir a Madrid, al no poder rezar a la imagen original, lo hacía frente a una copia que guardaba con gran cariño y devoción.

Cuando murió a los ochenta y siete años, hace diez, y lo llevamos al tanatorio, estando llorando, con el corazón roto, su inesperada partida observé que, detrás del cristal del recinto donde lo depositaron, había algo que no identificaba. Me acerqué y vi la imagen del Cristo a sus pies. Había sido su nieto Antonio que, en silencio, como un homenaje de ternura y cariño, en su dolor, hizo lo que sabía que quería su abuelo: estar hasta el último momento con su Cristo de la Sangre, hasta su encuentro definitivo.

De nuevo su imagen nos unió a todos con sentimientos de cariño, dolor y esperanza.

 

 

 

 

La mirilla

(…) Allí, en la puerta cerrada de la Piedad, como en un reto, me asomaba para ver al Señor de la Sangre por la mirilla. Ésta era un colador que sólo dejaba pasar la esencia del misterio, reteniendo las impurezas de tantos tedios con los que convivía. (…) 

Fragmento de “Cabañuelas de Pasión” de Luisfernando Palma Robles
 

Me parece estar oyendo ahora mismo los misereres en la Capilla, desde el coro, acompañando a mi tío Fernando Chicano y escuchando las voces de Goro y Gabriel  y las respuestas en latín de Domingo Nieva. El público asistente casi siempre era el mismo. Había caras que al verlas por la calle las relacionaba siempre con los misereres. Asistían también otras personas, que eran las que los encargaban, a veces en acción de gracias. Cuando me hice mayor reflexioné mucho sobre esa idea de agradecer algo con un miserere.

No recuerdo ningún cura en concreto, pues llamaban tanto la atención las voces que cantaban que anulaban otras percepciones. Siempre me sorprendió la voz de Goro, que después ha quedado viva en la memoria de toda mi generación. Cuando terminaba el miserere, la Capilla se cerraba hasta el siguiente acto litúrgico. Mientras tanto, como consuelo en la espera, estaban las mirillas de las puertas. Era muy común el ir “a rezarle a Jesús”, y todos entendíamos el significado de esa frase.

Eran muy emocionantes las vistas a través de la mirilla, con la cara muy pegada a la puerta, pues si no, no se veía nada. Percibías una atmósfera cerrada, llena de humo de cera, con el aire viciado, las imágenes muy quietas allá arriba y Jesús vestido de diario, una túnica de color inidentificable y bordados algo ajados. No te miraba, pero sentías su presencia, que para un niño era más inquietante que paternal, con todo su sufrimiento extendiéndose hasta la mirilla. Recuerdo acercarme con el corazón dando tumbos, esperar mi turno si había gente, y repetir otra vez más esa comunión en el dolor:”Él murió por nosotros”, me repetía mi padre.

Si te parabas un rato en el llanete, a la caída de la tarde, podías presenciar un desfile de dolor intenso, ajeno al ajetreo de la calle San Pedro. Gentes de todos los barrios, con apuros económicos o de salud, muchos con un agonizante en casa, venían despacio a respirar la ayuda y el perdón a través del metal ondulado de la mirilla, y pegaban su boca para expresar a Jesús lo que quizás callaban a otros. Después volvían sus rostros hacia los que esperaban, y podías percibir una tenue luz de esperanza y consuelo en ellos, como si la mirilla fuera, como el sol entre nubes de tormenta, una puerta abierta a un necesario futuro mejor para sus vidas.    

 

La parva

Nuestro cortijo se encontraba a diez kilómetros de Lucena, lo que representaba unas dos horas de camino. Aunque la mayoría de su terreno estaba dedicada al olivo, siempre teníamos alguna sementera de trigo o cebada, por lo que en los meses de junio y julio nos tocaba sacar la parva en la era.  

Las mieses de trigo o cebada se esparcían por la era de forma circular, y el trillo, con sus grandes ruedas dentadas y picudas, iba cortando y triturando todo, a base de vueltas y más vueltas de las bestias, que no sólo tenían que tirar del trillo, sino de sus ocupantes, porque los niños nos pasábamos las horas subidos en aquel insólito carrusel. 

Después había que esperar el viento para poder aventar. Si lo había, con los bieldos se podía separar el grano de la paja, a base de tirar hacia arriba la mies mezclada y esperar a que el viento arrastrara la paja más lejos que el grano, que caía a plomo. La tarea se terminaba con las palas, que estaban fabricadas con maderas nobles, de grandes vetas, y que recogían mejor el grano. Al final se formaba un “pez” de trigo o cebada, que se amontonaba bien para llenar los sacos cosidos y remendados en cada temporada. 

Pero el viento podía fallar. Transcurría la tarde, todos mano sobre mano esperando, y a veces no aparecía. Si se hacía de noche, había que dormir en la era para vigilar la cosecha. Tengo ese recuerdo como de los más emocionantes de mi niñez, porque las estrellas parecían bajar hacia nosotros, de tan intensas como se veían. Había que arroparse muy bien, porque el frío de la madrugada te dejaba helado. Cuando despertabas, todos los pájaros del campo cantaban de alegría, y las retamas y matalahúvas desprendían sus mejores perfumes. El que ha vivido un amanecer así, ya no lo olvida. 

Recuerdo un día en el que el viento no llegó hasta las nueve de la noche, y lo hizo con tanta intensidad, que en poco tiempo, colaborando hasta los niños, logramos terminar de aventar. Cuando guardamos los sacos, ya eran las once. Volvimos a Lucena de noche y perdimos todos los autocares que podían llevarnos. Entre la oscuridad, atravesando olivares, el poeta soltó su imaginación y nos contó muchas cosas para tenernos entretenidos y que siguiéramos andando entre sombras amenazadoras. Así, todos los olivos tenían su anécdota, y por todos los cerros ocurrían historias, hasta que andando, andando, llegamos a la carretera general, después al paso a nivel, a las Delicias, y por fin desde el puente de Córdoba comenzamos a oír el cine Tívoli, ya terminando su segunda función, y nos enteramos de que los caballistas habían vuelto a ganar a los indios. Llegamos cansados, pero excitados por la aventura.

 

El cortijo lo vendimos, arrancaron los olivos y plantaron viñas. Creo que ahora está medio caído. Llevo treinta años de no verlo. Hace poco capturé una foto aérea, y a unos metros al noreste de los restos del cortijo, de las higueras y los muros caídos, se adivinaba perfectamente el rectángulo de la era, ya inútil y solitario, y recordé aquellos vientos que no llegaban a tiempo, que no nos dejaban aventar, pero que así nos invitaban a disfrutar de los cielos, tendidos y abrigaditos sobre la parva extendida, y que incluso una noche nos regalaron una aventura nocturna llena de criaturas imaginadas por un poeta.

 

Comentario de Antonio Javier

Es una pena que los niños y las niñas de hoy en día no puedan disfrutar de esas sensaciones que cuentas. A veces se intenta paliar la ausencia del campo en sus vidas con campamentos de verano en zonas acotadas, durmiendo en cabañas de madera, con coca-cola en el menú, con monitores titulados y asegurados, todo muy normalizado ISO-Campo y tal. Así luego me pasa que entra un insecto en clase y a más de uno le da un ataque. De todas maneras van quedando pocos lugares en el que sea posible tocar las estrellas y escuchar el propio silencio.

 

 

 

 

Recuerdos en el aire
 

Campanas de alma hueca
curtidas en historias
sugeridas en bronce plañidero.
Nostalgia de música dormida,
abrigada en la memoria
y el recuerdo.

Corazones de metal ya remendado,
lesionados de servicio y de ternura,
heridos,
restañados en las grietas de su cante,
para expresar su aliento colectivo.

¡Ay, campanas de mi infancia!
¡Ay, campanas de mi pueblo!

Campanarios rasgando
la mañana,
sacudiendo a la pereza adormecida.
Despertares saturados de tañidos
que convocan al encuentro en lo festivo.

Sus toques llamando a Misa,
a intervalos muy medidos,
sustituyen en domingo
a los relojes:

“Primer toque en la Capilla, ocho y treinta;
es temprano.
Último en San Agustín,
que ya no llego.
¿Y a las doce en San Mateo? A esa sí;
cuando oiga el despertar
de sus campanas aún dormidas ”.






 

 

Y también Santo Domingo;
y El Carmen, un poco lejos,
pero llegan su repiques
en jirones de aleteos.

¡Ay campanas de mi infancia!
¡Ay campanas de mi pueblo!
 

Palomares mensajeros
de la vida cotidiana
llaman cantando o llorando
al corazón de sus gentes
en cuanto despunta el alba.

¡Cómo las echo de menos
cuando oigo su silencio,
y evoco desde mi aliento
el ritmo de sus latidos!

Hay sordinas detenidas,
afonía en el aire;
los pájaros afligidos
al no tener su armonía
han silenciado su cante.

¡Ay, campanas de mi infancia!
¡Ay, campanas de mi pueblo!

Cuanto me duele su ausencia
en el blanco de sus vientos.

Leli


Octubre, 2008

 

Guadalcanal

El día 1 de Octubre de 1961 se inauguró el Centro Emisor de Guadalcanal, un pueblecito de la sierra de Sevilla, y este hecho, aunque entonces no lo supimos, cambió nuestro ocio para siempre. Llegaba la televisión a Andalucía.

Lo primero que vi en un televisor, de puntillas detrás de un corro de curiosos, fue un trozo de corrida de toros en el escaparate del Hogar Moderno. Venía yo de una de mis clases particulares y me sorprendió ver tanta gente amontonada sobre el cristal. Al acercarme me di cuenta de que el objeto de la expectación era un cajón de madera con una pantalla, en la que un picaor borroso y gris se esmeraba en la faena con un toro negro aún más desvaído. Unos días después, con algo más de nitidez, pude presenciar la ofrenda de flores a la Virgen del Pilar, en el Bar Madrid. Aquello era maravilloso, y nos atrapó desde el primer momento.

A partir de entonces, quienes podían pagar 20.000 ptas por un aparato de televisión desfilaron por Briones, Lozano o el Hogar Modeno para encargar su Philips o Telefunken. Los demás sólo tuvimos televisores prestados. Se consideraba normal en esos primeros años el ir a ver la tele a casa de amigos y parientes, que ejercían su paciencia con las visitas diarias. Recuerdo una familia a la que su generosidad les llevó a consentir que los vecinos se llevaran su propia silla, y en la emisión de las “Gran Parada” o “Los amigos de los lunes” su salón parecía el gallinero del Salón Alambra.

Con las ventas a plazos y el progreso económico de aquellos años, todos terminamos por acceder al nuevo invento, aunque algunos tardamos bastante. Ya veías la tele en tu casa, pero en esa época se iba la señal muy a menudo, y aparecía un odiado cartelito de “Disculpen las molestias”, con fondo musical aburridísimo, y maldecíamos a ese pueblito de la sierra de Sevilla cuando nos privaba de diez o doce minutos de emisión en pleno Perry Mason, y cuando volvía la señal ya se había descubierto si el acusado era culpable o inocente, y nos teníamos que acostar sin saberlo.

Como dije, la televisión cambió nuestras vidas. Olvidamos la radio, a Boby Deglané y a Pepe Iglesias “El Zorro”. Comenzamos a abandonar el hábito de la lectura nocturna y trasnochamos más. La gente tenía un nuevo tema de conversación, que le ayudaba a superar los momentos de silencio con desconocidos. “Bonanza”, “El Fugitivo”, “El Virginiano” o la perrita Marylin daban siempre tema para el día siguiente. Nos gustaban incluso los anuncios: “Omo lava blanco…”, “..Cafés La estrella… al tostadero”, “Vamos a la cama”, “Está como nunca…”

Una gran novedad fue el fútbol televisado. Nos llegó tarde para disfrutar con las cinco primeras Copas de Europa del Real Madrid, pero vimos el gol de Marcelino. En esa época también transmitían muchas corridas de toros y se adaptaban novelas clásicas y obras de teatro. Por las tardes había programas que ahora calificaríamos de aburridísimos, que trataban de libros, cultura, religión o música española.

Los telediarios eran remedos del NO-DO, con las mismas inauguraciones, bailes gallegos y uniformes del Movimiento. Era una tele oficialista y algo ruda, pero la única que teníamos. Después llegaría el UHF, las conexiones por satélite, el poder ver imágenes de América, y el presenciar, en una noche de verano, como un pie vacilante pisaba el acogedor polvo de la Luna. Quizás ese día terminó para nosotros la niñez de la televisión, y comenzamos a integrarla en nuestras vidas con naturalidad, pero tal vez con un poquito menos de magia.


 

El Valle

¿Qué tenía el Valle para los estudiantes? No era, desde luego, la figura de Santo Tomás, allí siempre esperando credos y padrenuestros antes de los exámenes, o el santo feliz San Pascual Bailón. A rezar iban más las niñas, y nosotros, para verlas, aunque fuera con disimulo. Recuerdo que una sola vez le recé junto a dos compañeros de curso, para pedir suerte en algún examen complicado. El santo estaba en la entrada lateral, porque la iglesia no se abría normalmente. Mientras permanecíamos allí oíamos todo el trajín de las monjas, y algunas protestas apagadas de los viejos. Detrás de la cancela se desarrollaba una vida que nos daba algo de miedo y ternura.

Lo que de verdad nos gustaba era estudiar al pie del monumento al Corazón de Jesús - "Salvaré a España. Bendeciré a Lucena. 1945", o algo así - pero no sabíamos la razón. Llegábamos con el libro, buscábamos el lateral en sombra, nos sentábamos en los escalones y comenzábamos el primer tirón de una hora. Luego había que moverse, bajar al parque a beber, charlar o cambiar de postura y continuar con el siguiente tirón. Allí abajo podía estar otro compañero de estudios, al que convencías para que subiera buscando el silencio. A veces, en Mayo, a comer espigas. Se estaba bien allí, y no deseábamos recordar que en tiempo de nuestros abuelos por aquel camino se subía a los muertos, como aquel que tenía catalepsia, y aporreó el ataúd cuando pasaban bajo un álamo.
 

En el camino al parque crecía el efímero imperio industrial de Baltanás y hasta el monumento llegaban los golpes de chapa y el chirrido de las sierras. Nos separaba de las industrias el camino que iba al Pilar de la Dehesa y eso atenuaba los ruidos y nos parecía estar en un mundo aparte, lleno de viejos y monjas y algún que otro caminante o arriero. Las monjas no salían casi nunca, pero sí los viejos, no todos a la vez, sino de uno en uno y si acaso por parejas, con canastos de la compra, garrafas de vino o sacos. El alto de las gafas, algo tuerto, tenía aires de jefe y le tenía malos modos al pobre flaquillo. En cuanto salían liaban un cigarrillo o pedían a quien estuviera en la puerta, y bajaban a los recados guardando muy bien las distancias entre sí. Luego regresaban con pasos más inseguros y un caliente olor a vinillo.

¿Qué tenía el Valle? Después de tantos años creo que era su dominio del pueblo, su ligera elevación sobre él que permitía una visión mejor de los horizontes, las vías y las carreteras. Allí estabas y no estabas en Lucena. Tenías las puertas abiertas por si querías cambiar. Eran tiempos de emigración, de poner esperanzas fuera del pueblo, tan dormido entonces. Se veían llegar los trenes que podían ir a Madrid o Barcelona, o el coche de Aguilar, o el de Correos subiendo la cuesta de la Estación, quizás con maletas de madera en la baca y caras tristes en su interior. Te entraban ganas de moverte y hacer algo. Quizás por eso estudié tanta Filosofía aquel verano de 1959, bajo la imagen del Corazón de Jesús, que parecía mirarme con comprensión. No era el ser y la esencia lo que me interesaba, sino el fin de los estudios de Magisterio, que la torpeza de un catedrático, al perder la papeleta, estuvo a punto de retrasar. Teníamos prisa. Había que ir conquistando metas.

En mis últimas visitas vi que el entorno que conocí ha desaparecido definitivamente. Si vas en coche, apenas puedes distinguir el Corazón de Jesús entre urbanizaciones, industrias, colegios y el nuevo instituto. Los caminos ya son calles, y la gente no sabe que allí se comían espigas de cebada, más agradables que las de trigo, a veces cogidas por dos manos que se querían. No se ve el tren, cuyos raíles desaparecieron para abrir la vía verde, y con ello borrar nuestra imaginación viajera. Tampoco se adivinan desde allí las maletas de los emigrantes. En realidad, ¿quién quiere irse ahora de una ciudad como la Lucena actual? En aquellos años una maleta y un tren podían ser la única esperanza.

 

Comentario de Anónimo

De niño para mí "El Valle" era el barrio de "El Paseo", porque lo asociaba al parque y a mis juegos. Cuando conocí a mi pareja viajamos a Lucena a preparar un trabajo de su carrera sobre los ancianos de Lucena. Fuimos invitados por Prudencio a conocer "Jesús Abandonado" y fue una experiencia muy gratificante. Años más tarde volvimos en Semana Santa y recordamos aquel primer viaje cuando vimos salir la Cofradía de Jesús del Valle un Miércoles Santo.

 

 

 

 

Antonio Roldán y las excursiones al cine

El texto que sigue ha sido rescatado de entre los documentos que nos ha enviado con gran amabilidad Juan López “Juanele”, y que serán la base de una nueva sección de la página “Antonio Roldán poeta lucentino”. Es impresionante su relato, y refleja a la perfección la dureza de la vida de entonces y la gran ilusión por aprender que ellos tenían.


Muchas noches de los últimos inviernos que yo permanecí en el Cortijo de la Cañada de los Pinos, nos reunía él a tres o cuatro como yo, de una edad de 15 a 17 años, y nos llevaba al cine a Lucena, que distaba unos ocho o diez kilómetros de la finca, por unos caminos infernales y con un frío glacial, cuando no con lluvia y con un viento que espantaba, lo que no era obstáculo para que fuese algo maravilloso para nosotros, porque maravilloso era oír hablar a Antonio Roldán, al que todos nosotros escuchábamos con la boca abierta. Comentábamos la película, me acuerdo perfectamente de una titulada “El Dr. Satán”, que fue una serie de tres capítulos. Todo lo que él nos contaba era muy sustancioso para nosotros, que lo ignorábamos todo. Aquello nos fue, especialmente a mí que tantas ansias tenía de saber, de un gran provecho. A Antoñuelo igualmente le gustaba mucho, ya que era un chico despierto y despabilado.

La distancia, primero del Cortijo a Lucena y luego de Lucena al Cortijo, se nos hacía cortísima y las inclemencias del invierno y el frío que congelaba los huesos apenas si lo sentíamos. Íbamos despacio y completamente ensimismados en lo que el “Niño Antonio” nos iba explicando. Y si nosotros gozábamos lo indecible con su amena y documentadísima “cátedra”, él también disfrutaba mucho con nuestra sincera y noble atención y amistad.

Estas excursiones nocturnas desde la finca a Lucena las repetíamos más de una vez por semana, a pesar de que volvíamos a las dos o las tres de la madrugada, y al día siguiente, a muy temprana hora, teníamos que formar debajo de los olivos. Los asiduos, con él, de estas escapadas nocturnas al cine, éramos Antoñuelo y yo, como los que más nos interesábamos por saber cosas, de las que él era todo un catedrático a nuestro lado, que lo ignorábamos todo por completo, por las circunstancias del lugar y la época que nos estaba tocando vivir. Por eso cuando yo comencé a instruirme un tanto, él lo celebró mucho, y me consideraba con esa gran deferencia que siempre sintió hacia mí, y yo hacia su persona y que es lo que me ha llevado a que escriba esto que está en vuestras manos.

Juan López “Juanele”

 

Comentario de Antonio Roldán Martínez

Cuando encontré este texto entre los papeles enviados por Juan, me impresionó la coincidencia entre las sensaciones que reflejé en la entrada "La parva" y los regresos nocturnos que él tan bien relata. El nexo entre ambas experiencias es la personalidad de mi padre, que sabía glosar todo lo que nos rodeaba en las caminatas por el campo.

Para las generaciones actuales debería servir de ejemplo la inquietud por el conocimiento que estos recuerdos reflejan. Los que hemos recorrido muchas veces ese trayecto de diez kilómetros, nos imaginamos la dureza que supondría en invierno y de noche.

No es de extrañar que Juan llegara a escribir multitud de artículos y libros y dirigiera durante años una revista taurina. Es todo un ejemplo de superación e inquietud cultural.

 

 

 

La vida en un cortijo


El texto, tan descriptivo y sugerente, de Juan López “Juanele”, me ha hecho recordar cómo era la vida en un cortijo en los años 40 y 50 del pasado siglo. Mi perspectiva es inevitablemente parcial. Yo era el hijo del “señorito”, y nuestro cortijo era de tipo medio, con poco campo que atender. No obstante, conservo algunos recuerdos que pueden resultar instructivos para los más jóvenes que lean estas líneas.

En la actualidad no sabemos sacar partido nada más que a lo que se compra, pero la vida en el campo, muy dura en aquellos años y sin nada que adquirir con dinero, nos llenaba de experiencias gratuitas que nos siguen sirviendo a lo largo de la vida. Recuerdo, por ejemplo, que mis padres me construyeron un nacimiento en Navidad con figuras de trapo, entre ellas una buñolera cuya cara era un garbanzo y que ofrecía jeringos de verdad, y una Feria del Valle con noria y caballitos hechos con pajitas de cebada. Con este último material mis padres se entretenían en formar marcos para láminas y conseguir así cuadros muy atractivos. Esto ahora apenas se concibe.

Nuestro cortijo de la Cañada de los Pinos estaba algo alejado de los pueblos. Los núcleos más cercanos eran la aldea de Las Navas y Monturque, a unos cinco kilómetros, y Lucena se encontraba a casi diez, unas dos horas de camino. Estaba rodeado por otros cortijos con los que formaba una comunidad de ayuda mutua y compañía: Las Atalayas Alta y Baja, Los Pozos de Ramírez y Cárdenas, más unas cuantas casillas de menor importancia. Este aislamiento hacía que la vida en él fuera absolutamente rural, diferenciada totalmente de las costumbres del pueblo.

Como todos los cortijos, el edificio, antiguo molino, estaba dividido en varias partes, según su uso. La parte de vivienda, muy sencilla, con suelos de empedrado y yeso, era compartida por los “señoritos” (mi familia) y los caseros, y no sólo por su ubicación cercana, sino también por el estilo espartano que tenían ambas dependencias. Junto a la vivienda se situaba el antiguo molino, las bodegas y los graneros, con una gran puerta que daba al patio principal, enorme, al que se abrían los almacenes de aperos, corrales, lagaretas de los cerdos, las cuadras y la vivienda del personal que trabajaba de forma ocasional en el cortijo. Estos asalariados dormían en el cortijo sólo en los tiempos de recogida de aceituna, siembra, escarda y siega. El resto del año sólo lo habitaban el casero y su familia.

La mayoría de los suministros venían de Lucena. Así, el casero viajaba al pueblo unas dos veces por semana para traer el pan, las patatas, legumbres y verduras y lo que se necesitara en cada ocasión. Guardábamos el pan en tinajas, y estábamos acostumbrados a su dureza progresiva, pero con aceite nos sabía a gloria. El resto de alimentos lo proporcionaban los cerdos, las gallinas y los pavos, tanto en carne como en huevos. Se solía tener también una o dos cabras para la leche de los niños. También se probaba el pescado, que lo traía una mujer de Lucena, caminante diaria por sendas y veredas para vendernos un alimento que había salido de Lucena seis o siete horas antes (éramos de los últimos de la ruta). Nunca nos intoxicamos.

Nadie se aburría en el cortijo. Durante el día se trabajaba de sol a sol, y durante la noche, recogido el ganado y los aperos, nos mezclábamos todos junto al fuego, para contar historias, o rellenar los ejercicios de lectura y cuentas, y no sólo los niños, sino, como cuenta Juan, los jóvenes de quince o dieciséis años, que aprendieron a leer gracias al empeño de mis padres. Cuando había aceituneros o segadores se bailaba el “zángano” al ritmo insistente que las manos del poeta sacaban con maestría de su guitarra. También presencié algunas bromas pesadas, casi siempre con temas de muertos y fantasmas, como aquel día que bajó chimenea abajo un horrible espantajo construido por mi padre y arrojado con habilidad por el casero. Terminada la convivencia, cada uno cogía el candil o el velón y se iba a su dormitorio. Sus luces oscilantes en la oscuridad, junto con la impresión de los cuentos de miedo, nos llenaban las paredes de fantasmas. Era fácil dejarse llevar por el miedo a la oscuridad. Por eso, a veces mi padre nos retaba, con el premio de una peseta, a ir de noche a la era o dar una vuelta completa al cortijo. Teníamos que traer algo que lo certificara, y nos entregaba el dinero con solemnidad. Recuerdo que siempre lo conseguí, aunque caminando muerto de miedo. Una peseta era entonces mucho dinero para un niño.

Las visitas eran siempre una novedad. La pareja de la Guardia Civil era la más frecuente. Se sentaban en el poyete, dejando sus armas contra la pared, departían un rato con nosotros, aceptaban un poco de agua y seguían la senda adelante en monótona compañía. También podían venir familiares invitados, montados en los mulos y con sus regalitos preparados para los niños, y casi todos los días, gente de cortijos cercanos, que se detenían un rato al pasar por la puerta. Recuerdo también a los buhoneros, que de cuando en cuando aparecían vendiendo telas, hilos, pequeños juguetes y chucherías. Desgraciadamente, en aquellos tiempos de escasez también podían visitarnos los ladrones nocturnos, e incluso una vez hubo rumores de la existencia de “maquis”. Por las noches los ruidos se perciben mejor, y causaba un poco de inquietud el oír los ladridos de los perros de cortijos cercanos, cada vez más próximos, que indicaban el paso de alguien, que nunca sabíamos si era gente de paz o no. Mi padre, si regresaba de noche, nos avisaba con un silbido personal que nos llenaba de alegría. Con su compañía se desvanecían todas las inquietudes.

 

 

Los barreros

Al poeta le gustaba el campo, pero especialmente el cultivado. Cruzaba las sementeras y olivares siempre pendiente de las novedades, los crecimientos y las previsiones de cosecha. Para él, la andaluza era la mejor tierra de cultivo de España. Cuando en los años setenta nos acompañaba a excursiones por la sierra de Madrid, solía siempre tomar un puñado de tierra, desmenuzarla entre los dedos y repetir el mismo comentario: “Esta tierra no vale nada…la de mi Andalucía sí que es buena”. Por eso no es de extrañar que el ir a vigilar la evolución de los cultivos fuera para él el mejor paseo.

Mi padre cultivaba dos hazas junto a los barreros. Todo el camino hasta allí lo convertía en manantial de novedades. Salíamos por el Coso y la calle Ballesteros, donde siempre tenía encuentros agradables, con sus sobrinos Gaspar y Antonio, o Recio el de la taberna, Perico Romero o Paco el latero. Aprovechaba también para pasar por las tiendas de alimentación, a ofrecer huesos de espinazo, como solía decir riéndose de su actividad de agente comercial. Llegábamos hasta el Matadero, con sus escuelas cerradas, y después a las eras, donde se vio un año la primera máquina de aventar. A la derecha quedaba el almacén en el que Estrada cultivaba gusanos de seda, junto a la ermita de Santa Lucía, y después el campo.

El camino surcaba tierras de cereal, ya crecido en primavera, atravesaba el arroyo de Agua Nevada y llegaba hasta una bifurcación. Nosotros tomábamos el camino de la izquierda, el del “agujero”, el de los barreros. Desde allí se veía la cueva, una simple oquedad circular poco profunda, labrada en un corte vertical, que serviría de abrigo a quienes trabajaban allí, pero que desde lejos la veíamos como un refugio de bandoleros, y nos impresionaba un poco a los más pequeños.

Unos metros antes del agujero estaba el “lago”, y así nos parecía la acumulación de agua de lluvia en los barrancos formados al ir sacando tierra del barrero. Unos buenos metros cúbicos de agua estancada, paraíso de ranas. Allí vi por primera vez miles de renacuajos, aún con forma de pez, a los que llamaba “peces cabezones”. Era un gran espectáculo verlos moverse de forma caótica, llenando de lunares móviles el agua. Cualquier día, de improviso, desaparecían todos y surgían ranas de forma milagrosa. Allí también aprendí a tirar lascas sobre el agua con el ángulo adecuado para que saltaran seis o siete veces, salto de la rana muy en consonancia con el entorno, y también experimenté la emoción de caminar por la orilla viendo el agua a varios metros por debajo de mi camino.

Después de ver el estado de la sementera, abandonábamos aquel emocionante paraje, y entre lindes y vallados, llegábamos a la segunda haza, que estaba junto a la carretera de Rute, entre las Burguitas y la huerta de don Juan Palma. Volvíamos al asfalto, con lo que el entusiasmo de mi padre decaía un poco. Pero un día, entre dos matas de garbanzos negros, descubierto quizás por la última escarda, brillante bajo la luz del mediodía, vimos un maravilloso cristal de cuarzo ahumado, casi perfecto, que nos estaba esperando. Nunca olvidaré esa sorpresa que me regaló el campo, y aún hoy, no comprendo cómo nadie lo había visto antes. Era para nosotros, una ofrenda de la tierra cultivada tan querida. Todavía lo conservo.




 

 

 

Oda al olivo
 


Oda al olivo


Tu fruto , pequeño joyero
esmeralda o color noche,
alberga el oro prometido;
pende abundante de tus ramas,
ornamenta el tronco de la vida
hijo de la tierra en que se hunde.

Tronco retorcido en el esfuerzo;
delicada tarea de los años
extrayendo el alimento de su savia.
El viento te mece levemente,
abanico múltiple, brisa placentera;
y entre tus ramas se enreda
el canto de la gente en la mañana:
Gritos y quejas, cante “jondo”,
lamentos de sus almas.

Te visitan zorzales y estorninos,
hieren el fruto aún precario;
y en el vaivén, entre tus tallos,
se oye tu gemido lastimero.

El suelo te abraza, te protege;
se esponja la simetría del arado,
y en los surcos, rodeándote,
el agua, la vida en espera,
para calmar la sed que te lesiona.




 




 

 

 

 

Los meses pasan y la gestación culmina;
es hora de recoger esa cosecha
que hace de tus ramas, ya cargadas, sauce.

Manos con largas ciscas
te sacuden dulcemente
como un aleteo de paloma:
firmeza y suavidad.
Manos de partero hábil;
que ayudan a alumbrar
el fruto ya maduro.

Ya en invierno, cubiertas de escarcha
son blancas perlas tu cosecha;
recolectada por dedos de matrona
yertos en blancura.

Tras el proceso de molino
llegas a ser oro envasado;
oro líquido que al paladar ennoblece.
Eres, olivo añorado; compañero de niñez.
¡Cuanta riqueza sin querer aparentar…!

Leli


Diciembre, 2008 .

 

 

 

Los Maristas


Dedicado a Juan Palma Robles, cuyo libro sobre el Colegio me trajo tantos recuerdos, que los quiero expresar aquí como entrevistos confusamente entre las nieblas de la memoria.

Estaban Viriato e Isabel la Católica, Churruca y Gravina, El Cid Campeador, el dos de Mayo y José Antonio, el hermano Marcelino Champagnaq y Franco, Franco, Franco. El mártir de Barruelo y San Bernardo con su salve y su rosario, asomados desde una viñeta del libro piadoso. Y después del Tantum Ergo y el Pange Lingua, el cine, y la mano del marista tapando besos, pero dejando ver indios muertos, pistolas amenazantes y guerras injustas. Flores en el mes de María, amenazas de condenación (mira que te mira Dios). Nuestra patria está en el cielo y más se alegra por un pecador (mira que te has de morir) que por cien justos. Niños somos de la Santa Infancia, prietas las filas, caminando hacia Dios por Él por la Patria y el Rey, soy valiente y leal legionario, que así murieron nuestros padres en las montañas nevadas impasible el alemán (¿Quién sería ese alemán?...mira que no sabes cuando...). Año Santo Mariano, con dibujos de inmaculadas, florilegios y jaculatorias (y si mi amor te olvidare, Tú no te olvides…de mí).

Había probetas, pipetas y buretas, planos inclinados, poleas, polipastos, ratones medio asfixiados en cloro, turbinas de electrones, efecto de las puntas, el famoso clorato a punto de explotar (por un simple pelo), el hidrógeno haciendo burbujitas y buscando oxígeno para organizar un sonoro matrimonio, el esqueleto, el musculoso despellejado junto al búho y el águila imperial (por el Imperio hacia Dios). El microscopio, objeto de deseo y préstamo fugaz en versión reducida. Euclides se asomaba con sus postulados de mano de los polinomios, mientras el tronco de cono lucía su más elegante fórmula (no confundir con el tronco de prisma). Un hermano con sus sorprendentes puntos paralelos y don Francisco Muñoz aterrorizando a los pusilánimes con sus integrales. Los husos esféricos nos dividían el mundo en horas, las naciones en colorines y los ejércitos en batallas, ¡al pobre mundo!, unido para siempre con el demonio y la carne en extraña sociedad de dispares.

Y ríos, cabos, océanos, golfos, islas, montes y pueblos:

“Córdoba, Cabra, Lucena,
Pozoblanco, Montalbán,
Montilla, Luque y Baena,
Puente Genil y Aguilar”

El portero Rafael recordaba a mi abuelo torero y cómo mataba cogiendo al toro por un cuerno. El otro Rafael (el hermano administrador) nos cobraba puntualmente las mensualidades, mientras Benito servía guisos de olores inquietantes y el hermano Terencio cuidaba flores como a hijas y nos dejaba leer pluviómetros y barómetros en la minúscula estación meteorológica. El “Paniagua” nos ponía firmes, Pepito “el místico” nos hablaba de sexo de forma inesperada y explícita, mientras don Manuel recitaba declinaciones latinas y griegas con una voz que se oía en la Plaza Nueva. El capellán nos confesaba siempre los mismos pecados, con cierta cara de aburrimiento, y un militar algo bebido trazaba curvas en la instrucción preparatoria de la conquista de Gibraltar. Los hermanos navarricos jugaban al frontón, enseñando al saltar sus misteriosos pantalones siempre tapados por las sotanas.

Siempre estábamos en lucha o competición: con el émulo, con los cartagineses si eras romano, o contra César si pertenecías a Asdrúbal, con toda la clase para ser el número uno, con los buenos para obtener el cuadro de honor, con los malos para que no abusaran de ti, con el demonio, el mundo y la carne, con el pecado mortal (¿Cuándo un venial se convierte en mortal? ¿qué es la parvedad de materia? ¿has consentido en el pensamiento?), con el compañero anterior en el corro, con el posterior, con el que defiende el puesto, con el que te lo quiere quitar. Y así hasta llegar a tu casa vencedor o vencido, y descansar con una buena merienda de pan y manteca “colorá” antes de volver a la lucha contra las tareas. Un año y otro hasta llegar al quinto curso de Bachillerato.

Los de séptimo se despedían como siempre, distintos cada año, pero nosotros no pudimos despedirnos: nos despidieron, nos cerraron el colegio, dándonos un sonoro portazo veraniego sin avisar, por intereses que sólo sabrían los adultos, pero que a nosotros no nos llegaron. Expulsados del Bachillerato por un cierre que no entendimos, tuvimos que arreglárnoslas en la Academia San Jorge con la ayuda generosa de profesionales del pueblo, con un recuerdo en el interior que lamentablemente no pudo ser de paraíso perdido, pero que al cabo de los años dejó de ser rencoroso. El tiempo lo perdona todo.



 

 

 

 

El puente de Córdoba


El Puente de Córdoba

Era la entrada principal de Lucena, aunque fuera maloliente, estrecho y peligroso. En él comenzaban los adoquines de la carretera, de la época de D. Antonio Víbora y la Dictadura de Primo de Rivera. Cuando venías en moto, cambiaba bruscamente la suavidad del alquitrán por los saltos sobre el adoquinado, el cambio de marcha y la inclinación necesaria para dar una curva tan cerrada. Después ya veías la gasolinera de los Serranitos y sabías que estabas en el pueblo y acelerabas hasta encabritar la moto si ibas a ver a tu novia. Era la vuelta a casa. Desde Córdoba, exámenes, médicos, o viernes de regreso de la mili.

La salida, por el contrario, era siempre un inicio de algo nuevo, ya fuera porque iba en la Alsina a Córdoba o bien, si de niño, constituía el cruce de muchos caminos posibles en mis paseos con mi padre. A la derecha estaba el camino de la estación, que a su vez se bifurcaba en varias posibilidades. Entre este camino y la carretera de Córdoba estaba la senda ancha que llevaba a la vía, ruta que recuerdo haber seguido muchas veces, si mi padre estaba impaciente por ver olivos, o aquel día de gran nevada en el que hundimos las botas en barro helado para ver las besanas blancas. De frente se iba al viaducto, también con sus posibilidades de volver por la vía, y a la izquierda, la carretera de Puente Genil, muy poco frecuentada, sin regreso alternativo, por lo que la elegíamos menos.

Junto al puente, algo más arriba, había dos o tres molinos y almacenes medio abandonados y enfrente un ventorrillo con una edificación pequeña y hexagonal (¿un fielato o un kiosko?) que me llamaba la atención siempre que pasaba junto a ella. A veces tomábamos una sendita estrecha a la derecha junto a las tapias para llegar al Paseo de Rojas. Por afortunada casualidad, la calle dedicada a mi padre en el pueblo sigue un trazado muy cercano a esa senda por la que él vigiló, según su costumbre, las obras de ampliación del pueblo carretera abajo.

El pretil y los poyetes nos servían para recobrar el aliento si veníamos de lejos, aunque en los últimos tiempos aumentó la circulación y eran peligrosos. Desde ellos olías el “Mísere” perderse entre pequeñas huertas y cañaverales y evaluabas sus crecidas en temporales y tormentas. Entonces olía menos. Un año pusieron el cartel de “Río Lucena”, compasivos ante su mísera realidad. Recuerdo aquella ocasión en la que supimos que iba a llegar un transformador nuevo a la Electra y estuvimos horas deambulando por allí hasta que apareció, lento y solemne, un camión de veinte ruedas soportando aquella masa de hierro y cables, que, afortunadamente, no hundió nuestro querido puente. Los curiosos del pueblo seguimos su ruta triunfal hasta que entró a duras penas por el portalón. Fue un gran día. También por allí esperé a Franco vigilando a mis alumnos y sus banderitas, aquel día en el que dicen que apenas miró al alcalde ni cogió el ramo de flores ofrecido a doña Carmen.

En los años ochenta aquello se fue llenando de industrias, abrieron el cruce nuevo y desapareció para siempre la curva cerrada que nos daba una sucia bienvenida a nuestro pueblo. Últimamente he pasado varias veces con el coche y con tantas novedades no he sabido en qué momento justo atravesaba el puente, y tampoco percibí su olorcillo. Si se ha perdido, se habrá ido con él una seña de identidad de Lucena.

 

 

Los Frailes


Esa esquina siempre era camino. Para ir al teatro Principal, a sus tres funciones de los domingos. O al fútbol, siguiendo reguerillos humanos por las bocacalles. O de paseo con los Maristas, a hacer deporte, de dos en dos más o menos, con un hermano delante y otro detrás. O para tocar con la rondalla, aquel día inolvidable de nuestro debut. Los Frailes eran camino. Por las ventanas tan altas se oían los mil y un niños de su escuela. O choques de billar de la Juventud Antoniana.

Luego, en los años finales de los cincuenta, las iglesias se llenaron de hombres gracias a los Cursillos de Cristiandad, y fuimos visitando más a los frailes, y algún día asomamos al claustro misterioso. Su misa madrugadora, las calles llenas de relente, sólo habitadas por gente con prisa que apenas te miraba. Otros con misal ostensible y provocador - "Ser apóstol o mártir acaso..." - ganando el cielo en la primera misa antes de ir a ganar el sueldo. Y ese aire puro que bajaba de la viña de los Frailes - qué casualidad - y te limpiaba las ideas y te aceleraba el motor para dar un buen día, fructífero, de verdadero cristiano - caballero de Cristo - , tanto rezando como en el mundo. Y la felicidad de estar rodeado de gente como tú, que siempre hacía lo adecuado.

Entonces los frailes se hicieron parte de nuestras decisiones. El padre Esteban guiaba a nuestras novias y amigas, y a nosotros el padre Pablo o el Pedro o el que encartara, pero nunca el inflexible padre Esteban. Elegíamos a otros más comprensivos con nuestros inevitables pecados. Los frailes como centro de escrúpulos, como guía personal, dirección espiritual absoluta. Y también como alegría mística, aquellos arrebatos de poesía de nuestro Gabriel de la Dolorosa, el que confiaba más en las ánimas que en el despertador. A mí una vez me comunicó más fe con cuatro palabras que todos sus colegas maestros de moral. Y nunca lo supo, porque aparentemente hablábamos de enseñanza.

Un día se quemó el Teatro Principal y en una noche se hizo patio trasero y les vimos a los frailes sus vergüenzas de yeso y piedra. Se crearon escuelas donde antes había reinado Silvana Mangano y nos quitaron las funciones de las cuatro en el anfiteatro. Por aquella época pasé en los Frailes mi única Nochevieja de oración y, a pesar de la torpeza del pobre cura que nos guiaba, la ocasión, la euforia y la juventud han hecho que no olvide esa experiencia. No me importaría repetirla, aunque nunca tendrá el adorno engañoso y embellecedor de la memoria.

 

La Casa del Señor (1)

Recuerdos de José Manuel Fernández Barainca

 

   

José Manuel Fernández Barainca, es lucentino por adopción y convicción. Aunque nació en Extremadura, llegó muy pequeñito a Lucena, donde pasó toda su infancia, pubertad y juventud. Al fallecer su padre, José Fernández Cáceres, regresó con su familia a su ciudad natal, aunque todos dejaron parte de su corazón en esta bendita tierra, donde pasaron los años más felices de sus vidas.

Durante un tiempo vivieron en la llamada “Casa del Señor”, situada en la calle de las Descalzas, conocida así por la imagen situada en su portal, que era venerada por todo el pueblo de Lucena.

Publicaremos en esta sección dos recuerdos suyos sobre esa casa, y otro posterior del mantenedor de esta página sobre un proyecto religioso que se inició en ella antes de su demolición.

 

En el lateral izquierdo del amplio zaguán de la casa, existía una hornacina acristalada que contenía el cuadro de un “Ecce-Homo”, al que se accedía desde el interior de la vivienda, y que en toda la ciudad gozaba de fama de ser muy milagroso, por lo que era habitual encontrar mujeres arrodilladas rezando ante él, así como numerosas velas y cirios encendidos a los pies del Cristo. Además, todo el mundo que pasaba ante la casa, tenía costumbre de santiguarse, al igual que se hacía al pasar por delante de las iglesias, por eso, cuando de niños jugábamos en la puerta de la misma, solíamos entretenernos diciendo a los que no se santiguaban al pasar:  

-  “Oiga, que se le ha caído el pañuelo”

Era una forma de expresión que entonces se utilizaba, y que debía ser muy eficaz porque la mayoría de la gente se santiguaba inmediatamente, como si de una obligación se tratara.

También recuerdo el agradable olor que siempre había al entrar en casa, pues era habitual encontrar a los pies del Cristo algún recipiente con flores, que mi madre solía entrar y colocarlas en el interior de la hornacina, a las que solía cambiar el agua hasta que se secaban.

 Recordando posteriormente la forma del zaguán, he llegado a la conclusión de que la inclusión del Cristo debió hacerse durante la construcción de la casa, ya que no conozco ni creo que exista ningún otro zaguán que no coincida con las medidas de la anchura de las puertas, tanto exterior como interior, por lo que no sería posible colocar una hornacina en la misma pared que la puerta de entrada, si no estuviese prevista antes de su construcción, por lo que esto nos hace casi imposible datar la fecha de la existencia del milagroso Cristo.

En el último viaje que realicé a Lucena, en el año 2008, y ya con la Casa del Señor desaparecida, reconocí el cuadro del “Ecce-Homo” en un nuevo altar que le han erigido en la Parroquia de San Mateo, muy próxima a la casa, siendo informado por el sacristán de la misma, de que, efectivamente, ese cuadro procedía de la Casa del Señor, que había sido rescatado antes de la demolición de la misma, hacía ya bastantes años. Como siempre, continuaba rodeado de flores y velas.

 

 

La Casa del Señor (2)

Recuerdos de José Manuel Fernández Barainca

 

   

Después de describir la Casa del Señor tal como se veía desde la calle de Las Descalzas, en esta entrega José Manuel nos describe su interior, así como el modo de vida de su familia, percibida por sus ojos infantiles. Todo está contado con gran viveza, como algo que ha quedado depositado en su recuerdo de forma definitiva.


Era una vieja casona, muy grande, que a los ojos de un niño se agrandaba aún más, situada en el centro del pueblo, enfrente del convento de las Descalzas, junto a la plaza Nueva y a la parroquia de San Mateo, y donde nacieron mis tres hermanos menores: Guillermo, Rosario y Luis Fernando. Ignoro cual podría ser su antigüedad, pero por su estructura y configuración, bien pudo ser un palacete medieval que, a través del tiempo, fue sufriendo las necesarias reformas. Las inexplicables diferencias de nivel en una misma planta, el grosor de sus muros macizos que en algunos lugares se aproximaban al metro de ancho, y la pésima calidad de sus materiales a base de maderas rústicas, cañas y yeso, denotaban una construcción humilde, pero con detalles de gran riqueza en las zonas nobles, como podía ser la forja acristalada de la puerta de entrada, la amplia escalera principal de azulejos de colores y peldaños de madera, la propia barandilla de la escalera, el mármol rojo del zaguán o las baldosas blancas y azules de la galería de entrada.

El edificio constaba de tres plantas, perfectamente estructuradas las dos primeras, con todos los servicios para acoger a una familia diferente en cada una de ellas, y una tercera planta abandonada a la que se accedía por una estrecha escalera, y que estaba toda abuhardillada y diáfana, y donde campaban a placer los numerosos gatos que permanentemente había en aquella casa.

Aunque nosotros hacíamos toda la vida en la planta principal, el soleado patio (que mi madre siempre tenía lleno de macetas y arriates, y que presidía un enorme naranjo de gran altura como jamás he vuelto a ver, y que llegaba hasta el tejado de la casa) era nuestro lugar ideal de juegos, que cambiábamos por las enormes galerías que tenía el edificio, cuando el tiempo no acompañaba. En aquella amplia galería de la planta baja, construimos columpios, jugamos al fútbol, aprendimos a patinar, y hasta hicimos representaciones de teatro.

Esta galería de la planta baja era toda interior, pues la parte que daba a la calle había sido transformada en un local comercial, donde estaba instalada la zapatería de Francisco Ruiz, conocido como “El tío del Saco”, por lo que a sus hijos se les conocía como “Los Saquitos”, y con los que llegamos a tener una gran amistad, especialmente con los dos mayores: Mari y Rafalillo. El mote les provenía porque antiguamente viajaban hasta Elche para traer los zapatos, y su padre lo hacía cargando con un gran saco. La zapatería comunicaba con su casa que se encontraba junto a la nuestra y, por la parte baja de la calle lindábamos con una carpintería de la que también nos hicimos amigos de sus moradores, aunque la niña más próxima a nuestra edad, Eugenia, murió prematuramente.

Con los vecinos de la casa de la carpintería, podíamos comunicarnos verbalmente a través de alguna pared. Era curioso como en la galería de la primera planta, en un rincón de la misma, podíamos mantener conversaciones sin levantar la voz, a través de la unión de ambas paredes. Solo bastaba con golpear la pared a uno u otro lado y, como si de un teléfono se tratase, nos acercábamos para saber por quién preguntaban.

El resto de la planta baja estaba deshabitada. Toda el ala derecha, que mi padre utilizaba como almacén del Hogar Juvenil, ya que este tuvo que desmontarse para dar cobijo provisional al Ayuntamiento de la ciudad, fue cedida para oficinas y almacén de Cáritas, que abrió una puerta de acceso desde el amplio zaguán de entrada. El patio, ya descrito y del que se conservan algunas fotografías, era el centro del edificio, que al mismo tiempo separaba la parte trasera de este, y que debió ser una animada zona de vivencias, pues allí se encontraban las antiguas cocinas de hierro con sus fogones y chimenea, así como un pozo de agua potable que debió surtir a la casa (aunque cuando llegamos ya había agua corriente), sirviendo todas estas piezas como separación de los corrales o un segundo patio alargado que se encontraba en las traseras del edificio, que probablemente debió tener otra salida a las calles de atrás, y que seguramente, pudo servir para acoger animales domésticos.

El acceso a la primera planta se hacía desde la puerta de entrada, tras recorrer una clara, amplia y ancha galería que terminaba en unas grandes y bonitas escaleras, ya descritas, pero que con la oscuridad de la noche, todo este largo recorrido se transformaba en “la galería del terror”, sintiendo auténtico pánico cada vez que teníamos que bajar a abrir la puerta, ya que por entonces no existía, ni en la imaginación humana, el “portero automático”. (Probablemente debimos poseer el record mundial infantil de velocidad de bajada y subida de escaleras).


Cuando llegamos a la “Casa del Señor” yo contaba tan solo tres años de edad, y nos marchamos cuando cumplí los once. Allí pasamos ocho años muy felices, desde 1.952 a 1.960 y donde, como ya dije, se completó la familia Fernández Barainca con el nacimiento de mis tres hermanos menores.
 

 

 

La Casa del Señor (3)

Antonio Roldán Martínez

 

   


Recuerdos de una aventura espiritual

En los años sesenta, y sin que casi nadie del pueblo se enterara, se desarrolló en Lucena una forma distinta de entender la Iglesia, después de tantas décadas de devociones tradicionales. No llegamos a cien las personas que participamos en este cambio, pero a todos nos dejó un recuerdo que a muchos aún nos dura con toda su viveza. Fue un soplo de vida, de ilusión por vivir mejor la fe y la preocupación por los demás.

Todo comenzó con la aprobación en por parte de la Jerarquía de la Iglesia de la llamada Acción Católica Especializada, en la que los jóvenes, en lugar de reunirse sólo por parroquias, lo hacían también según su situación laboral. Así, existía la JOC para el mundo obrero, la JARC para el rural, la JEC para estudiantes y, por último, a la que yo pertenecí, la JIC (Juventud Independiente Católica) en la que podíamos pertenecer maestros, oficinistas y comerciales.

Nos reuníamos en la Casa del Señor de la calle de Las Descalzas. Subíamos con miedo sus escaleras desequilibradas, hasta una sala de pavimento de yeso ondulante y resquebrajado, mirando alrededor nuestro con el permanente temor a que se cayera un tabique. Allí, sentados alrededor de la mesa de despacho del cura, en pequeños grupos, estudiábamos cómo aplicar el evangelio en nuestras vidas, siguiendo la metodología de la Revisión de Vida, que constaba de tres pasos: Ver – Juzgar – Actuar. Estudiábamos cualquier hecho de la semana, lo analizábamos a partir del Evangelio, y, por último, intentábamos extraer algún compromiso del análisis efectuado. Acostumbrados a contar avemarías y padrenuestros (nuestras “beaterías”), ese planteamiento nos resultaba mucho más auténticamente cristiano.

Lo que parecía ser sólo una actividad religiosa nos dio también nueva conciencia política, gracias a un detalle que al Régimen de Franco se le había escapado, y es que las publicaciones de la Iglesia, en virtud el Concordato, no estaban sometidas a la censura. Así, las revistas de la JIC nos hablaban de sindicatos, de la cogestión en las empresas y los convenios colectivos. Por su parte, el semanario “Signo” de la Acción Católica constituyó una escuela de periodistas que luego se hicieron famosos, y que escribían de política con más libertad que los de la prensa diaria. Aprendimos mucho, y, lo que es más importante, fuimos cambiando nuestra mirada sobre la realidad española.

Cuando la Casa del Señor se mostró realmente amenazante, nos trasladamos al local que la Sociedad Excursionista había tenido en la Calle de San Pedro, cerca de San Agustín. Con nuestras parcas economías de estudiantes pagábamos el alquiler, y el resto fue cosa de trabajo personal, mucho escobín, brocha y pintura, sillas prestadas y un brasero eléctrico muy pequeñito en medio de la sala. Allí la gente descubrió que el amor al prójimo consistía en involucrarse en la realidad, y no sólo en los rezos y devociones. Hasta dos seminaristas cambiaron, de forma definitiva, la forma de vivir su próximo sacerdocio.

Sólo teníamos veinte años. Tuvimos que construir nuestra vida profesional, hacer la mili, formar pareja, el emigrar para muchos, y la Universidad o las oposiciones para otros. La JIC no duró más de tres años. En el año 1964 se fueron apagando los grupos, se marcharon los líderes, y recuerdo haber tenido que pagar yo el alquiler con mi propio dinero hasta que vi que era mejor desistir. Me fui a la mili, y a la vuelta ya no quedaba nada. La JOC fue mucho más longeva, y las otras no tuvieron mucha implantación en Lucena, pero el espíritu siguió.

Vino el Concilio, nuevos curas y nueva conciencia social. Descubrimos la posibilidad de vivir la fe en comunidad. Recuerdo haber participado en misas celebradas en casas, entrañables y en libertad, pero en las que siempre vigilaba alguien la puerta, pues en unos años en los que grupos de cinco personas se consideraban “manifestación no autorizada”, esas misas eran clandestinas. Fueron tiempos de confusión, pero salimos de ellos con una gran ilusión por un mundo mejor. Y como expresé en el primer párrafo, como éramos pocos y nos fuimos después casi todos de Lucena, la gente del pueblo ni se enteró de nuestra aventura espiritual, pero, con nuestros fallos y limitaciones, nos cambió para siempre nuestra actitud hacia el prójimo.